domingo, 28 de abril de 2019

CUENTO: Rastrillaje

Estimado lector,

Como algunos podrán suponer, una de mis aficiones es la escritura.
No la considero una profesión ni lo hago por ingresos o notoriedad; la literatura simplemente a veces me desborda por dentro y siento una poderosa urgencia por volcarla en un texto. Como dijo Hemingway (uno de mis referentes), "escribir no es difícil, todo lo que tienes que hacer es sentarte en la máquina, y sangrar..." (There is nothing to writing. All you do is sit down at a typewriter and bleed...).
Así que sin más preámbulo, les iré compartiendo mis trabajos. Aquí el primero, por el que me gané una careta en el Concurso de las Mil Palabras de la revista Caretas (hace 15 años...)


RASTRILLAJE


Me dijeron que estaba loco.
Me dijeron que era desconsiderado, que mi madre no iba a estar tranquila, que no pensaba en ella.
Me dijeron que me iban a matar, que iba a morir baleado y aparecería un mal día en una acequia de un pueblo olvidado por dios y el país.
Me dijeron que no valía la pena, que era como un Quijote marchando derechito y por voluntad propia hacia los molinos de viento.
Me dijeron que tenía aptitudes para ingeniería o arquitectura, que mi tercer puesto en la promoción del colegio era para ir a la UNI, San Marcos o la Católica.
Me dijeron que me iba a desperdiciar.
No los escuché. Igual seguí mi vocación. Sólo mi padrino y tío, ya Comandante, me apoyó, me proporcionó el dinero para la admisión, y claro, la vara obligada.
Salí del colegio entusiasmado, con una meta inmensa, imposible, quimérica, loca.
Ingresé a la escuela de oficiales de la Guardia Civil.

Mis dos primeros años de la escuela fueron todo lo que esperaba. Esto era lo que estuve tanto tiempo esperando, lo que desde que era un niño me inspiraron las series de la televisión, mi padrino con sus historias, su revolver Smith & Wesson calibre 38, su uniforme impecable y su patrullero Dodge que llevaba a veces cuando nos visitaba. Poco a poco se metió en mis venas el espíritu de policía, fue inevitable.

No era ni el más alto, corpulento ni el más fuerte de mi promoción, pero igual era sumamente fuerte y ágil. No obstante en las aulas, yo era el mejor, primer puesto por lejos desde el principio, y como iban las cosas era un candidato fijo para la espada de honor. Mis compañeros eran como mis hermanos, mi familia. Eran buenos tiempos, nos entrenábamos para luchar por nuestra sociedad. Ya a todos nos parecían largos los días que faltaban para salir a la calle a hacer lo nuestro.

El tercer año empezamos a salir en patrullaje a algunas zonas de la periferia de ciudad. Eran tiempos duros, el terrorismo estaba acechando Lima y los primeros coches bomba empezaron a estremecer la capital. Ya estaba por acabar el tercer año y mi madre insistía aun para que lo deje y haga otra cosa. Es curioso, pero al acercarse el peligro y el terror, al hacerse evidente la guerra interna que sabíamos sería cruenta y no exenta de bajas, al saber que las cosas en el país se estaban agravando y las posibilidades de que alguna bala nos alcance crecían a pasos extendidos, más ganas teníamos de ser policías.

Como era el primer puesto, brigadier de mi clase, tenía ciertas ventajas que disfrutaba cuanto podía. Una de ellas era la de conducir los vehículos portatropas cuando salíamos de patrullaje. Antes de ese enorme armatoste, lo único que había manejado antes era el viejo Volkswagen de mi papá, y muy pocas veces.

Al menos una vez por semana salíamos a peinar las zonas que se nos asignaban, principalmente el cono sur de Lima, Villa María del Triunfo, Villa el Salvador, Lurín, San Juan de Miraflores. Alguna vez recuerdo haber ido al cono este, Ate, Lurigancho y pasar solamente por la entrada de Huaycán.

Gonzáles era uno de mis mejores amigos. Era sencillo, excelente contador de chistes, mujeriego y lleno de vida. Compartíamos el camarote, por supuesto que él dormía abajo porque era casi veinte kilos más grande que yo. Era el más fuerte de todos, enorme como un ropero, medía un metro noventa, con unos brazos que parecían patas de elefante, unas espaldas descomunales y unas piernas capaces de chancar buques, trotar por horas, implacables con todo lo que se pusiera delante. Dudo que haya existido una sola puerta en este mundo que sus patadones no derribaran al primer intento.

Gonzáles decía que su papá tenía camiones y que él sabía manejar y tenía harta experiencia al volante, así que el más indicado para conducir el portatropas era él. Me insistía, me ofrecía cigarrillos, me decía que me iba a poner varias hembritas de su barrio a mi disposición en nuestra siguiente salida, que sería mi guardaespaldas, que haría mis guardias, etcétera; todo por conducir el portatropas. Era mi amigo, así que lo dejaba conducir a veces.

Salimos un día a patrullar, el Capitán nos dijo que la orden era hacer un rastrillaje por Puente Piedra, una zona alejada donde se habían reportado extraños movimientos cerca a algunas torres de alta tensión. La ruta desde Chorrillos hasta Puente Piedra fue larguísima.

Patrullamos la zona designada unas seis horas, todo estuvo en calma. Eran casi las 6 de la tarde y nuestro Capitán ordenó el regreso. Caminábamos hasta el portatropas, Gonzáles se acercó a mí, quería conducir. Había sido un día largo, había estado al volante por horas, estaba cansado. Accedí, él se alegró, cogió las llaves y corrió al camión. Pensé que podía echar una pequeña siesta en el regreso, me senté en la parte de atrás con el resto de cadetes.

Aun estábamos lejos de la Panamericana, entre cerros interminables, estaba ya casi oscuro, el portatropas rebotaba en el camino de tierra. Casi estaba dormido, de no ser por el constante trotar del camión. Pensé que podría dormir mejor al llegar a la pista. Cabeceaba con los ojos cerrados y la cabeza apoyada a la lona, cuando en eso el ruido del motor del camión de vio superado por ráfagas y disparos hechos contra nosotros y a no mucha distancia. El portatropas se detuvo en seco, me desperté confundido, empuñé mi AKM y como el resto de mis compañeros, salté afuera del camión y nos tiramos en el suelo, detrás del vehículo. El ruido de las detonaciones, las balas zumbando a apenas centímetros de nuestras cabezas e impactando en los metales del portatropas era todo lo que se oía. Todos estábamos petrificados, en estado total de sorpresa, paralizados. Claro que habíamos disparado revólveres y fusiles muchas veces antes, pero ésta era la primera vez que nos disparaban a nosotros. No tengo idea de cuánto tiempo estuvimos tirados en el suelo. Quizás fueron segundos, o minutos, no lo sé. Sólo escuchaba las balas enemigas tratando de alcanzarnos.

- “¡Qué hacen ahí en el suelo escondidos carajo! ¡Levántense! ¡Disparen!”

El Capitán estaba gritándonos. Era el único que estaba de pie, desafiando los disparos enemigos. Se volteó hacia donde las balas que nos atacaban debían de venir y empezó a disparar su ametralladora RPG. Lo miré por un segundo, apretaba los dientes y disparaba su arma de izquierda a derecha. “Qué valiente es este huevón”, pensé, levanté mi AKM y jalé el gatillo, pero no se movió; había olvidado cargar mi fusil. En menos de un segundo jalé la palanca, llevé una bala a la recámara y empecé a disparar yo también. Todos disparábamos ahora, el estruendo era infernal, algunos compañeros gritaban al disparar.

- “!Aaaaaaaaaahhh!” (¡tatatatatata!)
- “!Mueran malditooooooos! (¡tatatatatatatata!)

Era una locura. Disparábamos nuestros fusiles sin mirar a dónde, simplemente disparábamos. Yo estaba de pie, disparando como mis compañeros. Cuando se me acabó la cacerina, me puse de rodillas para cambiarla, la extraje y la dejé caer al suelo, saqué otra de mi cartuchera, la inserté en el arma, rastrillé, me puse de pie y seguí disparando. Podía sentir la adrenalina empujando frenéticamente la sangre en mis venas. Ya no tenía miedo, quería disparar. Quería matar a esos malditos terroristas que osaban atacarnos de esa forma tan vil, a oscuras, sin dar la cara, arteramente, cobardemente. ¿Quiénes se han creído éstos? ¿A quién creen que se enfrentan? Tan’ bien cojudos. No saben, ya se jodieron, no tiene idea a quienes han provocado.

- “!Alto el fuego, alto el fuegooo!”

El Capitán gritó hacia nosotros. Dejamos de disparar. Un silencio sepulcral nos invadió, igual que el humo espeso de los balazos. Todos los cadetes estábamos de pie o en cuclillas, los oídos nos timbraban por la exposición a tantos ensordecedores disparos de nuestros potentes cartuchos calibre 7.62. No había un solo hombre caído, era casi milagroso. El olor picante de la pólvora quemada nos entraba por las narices. Ya nadie nos disparaba.

- “¡Gómez, Aliaga, Paz, Fernández! Vayan a ver que hay adelante. El resto, ¡atentos para cubrir el avance!”

Con mis tres compañeros fuimos hacia el otro lado del camino, el resto se quedó atrás con las armas en ristre y los dedos en los gatillos. No pude ver nada ni a nadie. Pasando el portatropas corrí, salté, me tiré en la tierra. Apunté con mi fusil a la oscuridad. No había nada.

Ya más calmados, peinamos el perímetro y no encontramos nada. Como a treinta metros y algo a la izquierda del lugar desde donde pensábamos nos habían estado disparando, Aliaga encontró numerosos cartuchos quemados de fusil. Ya se habían ido. Regresamos al portatropas. El Capitán ordenó la partida inmediata. Los terroristas podrían regresar, no sabíamos cuántos eran, nosotros apenas eramos doce, y no teníamos muchas municiones que se diga. Corrí a la parte delantera del camión para ponerlo en marcha y largarnos de allí. Antes de abrir la puerta del lado del chofer, me percaté que el parabrisas estaba perforado por numerosos impactos de bala; recién en ese instante pensé en mi amigo. Traté de recordar si estaba con el grupo, si lo había visto disparar con nosotros; no pude. Abrí la puerta. Gonzáles estaba allí, acribillado. No tuvo oportunidad, fue el primero que atacaron. Y él estaba en mi sitio. Debí haber sido yo.

Y sin embargo, sigo teniendo el espíritu de policía en las venas.


Lima, octubre de 2003

sábado, 26 de enero de 2019

Artículo en El Comercio, 09 de octubre de 2017


Machine Guns Vegas

Hace dos años visité Las Vegas y quedé maravillado por sus luces, gente, hoteles, atracciones y lujo. Mi tour incluyó una visita a Machine Guns Vegas, un polígono de tiro muy organizado en el que, por una tarifa razonable, pude probar varias armas automáticas (como un M4, un Thompson y un AK-47). Fue una experiencia feliz. Las noticias nos cuentan ahora una historia en la misma ciudad y con similares herramientas, pero con un desenlace totalmente opuesto.

Lo sucedido el domingo 1 de octubre ha sido terrible. Se trata de una tragedia que no tiene sentido ni motivos claros. Stephen Paddock abrió fuego sobre una muchedumbre desde su ventana del hotel Mandalay Bay, matando e hiriendo a personas que asistían a un concierto de música country y que no tenían culpa alguna de sus desvaríos.

El evento desató la ira de organizaciones desarmistas que, ipso facto, salieron a exigir a la administración Trump la revisión de la segunda enmienda de la Constitución estadounidense (que protege el derecho a poseer y portar armas). Su argumento se basó en errados clichés como “cualquiera puede comprar rifles de asalto en EE.UU.”, “un chico de 18 años no puede comprar cerveza pero sí un Kaláshnikov”, “en Walmart cualquiera puede comprar municiones”, etc. También se han publicado interminables artículos sobre la necesidad de prohibir las armas a los civiles (“como en Europa”, dicen).

Es indudable que las armas de fuego son motivo de controversia y causan miedo y fobia, más que otras cosas. Este mismo año, por ejemplo, murieron más personas atropelladas por vehículos a manos de terroristas (Londres, Niza, Barcelona) que en la tragedia de Las Vegas, pero nadie habla de prohibirlos.

En la Asociación de Usuarios Responsables de Armas (URA), estamos en contra de las prohibiciones, pero tampoco a favor de la libertad absoluta. Una sociedad madura no debería prohibir nada a sus ciudadanos, excepto cuando se vulneren los derechos de otros. La propiedad de armas está intrínsecamente ligada a un derecho fundamental en cualquier sociedad: el derecho a la legítima defensa. Por lo tanto, debe ser respetado. 

Sin embargo, siempre hemos considerado que tener un arma de fuego es un privilegio al que un ciudadano debe primero acceder, mediante la demostración de su idoneidad para tal fin (vale decir, debe demostrar al Estado que es una persona de bien, sin antecedentes criminales o de violencia, y razonablemente sana de mente como para no dar un mal uso al arma).

Artículo en El Comercio, 05 de agosto de 2016


El mito de las balas dum dum

Recientemente dos eventos desencadenaron un debate lleno de desinformación, exageración y error. 

Un sereno de Lima fue herido por un delincuente y una bala le causó fracturas y mucho daño en un brazo. No está claro el origen de la hipótesis de la supuesta bala dum dum que el delincuente utilizó, pero empezó a circular esa versión. Incluso este Diario publicó una nota llena de errores y prejuicios, pese a que la redactora me llamó previamente y le expliqué con detalles técnicos e históricos, los fundamentos, consecuencias y usos de las balas expansivas.

El 6 de julio se publicó el reglamento de la nueva ley de armas de fuego de uso civil que, entre muchos cambios, elimina la prohibición de usar municiones expansivas. Esta coincidencia causó escándalo: ¿cómo es posible que el gobierno permita para uso civil las inhumanas balas dum dum?

Empecemos por lo básico. Las dum dum actualmente no existen. A finales del siglo XIX, los británicos desarrollaron una nueva munición para fusil, tipo expansiva, en su fábrica de Dum Dum (una ciudad cercana a Calcuta, India), mucho más eficiente para detener los ataques de enemigos tribales en sus colonias (orientales y africanas). Sin embargo, sus vecinos europeos estigmatizaron esta munición con argumentos sobre su “inhumanidad”, pero el trasfondo era realmente político: evitar esta ventaja táctica de los ingleses. 

Las conferencias de La Haya en 1899 establecieron la prohibición del uso de “municiones que se expandan o aplanen fácilmente”. Una prohibición aplicable a las naciones firmantes en caso de guerra. Conclusión: las dum dum tuvieron una corta vida en servicio (unos 10 años) y luego tuvieron que descartarse.

Hoy existen muchas variedades de munición expansiva o de punta hueca, y son ampliamente usadas por muchos policías alrededor del mundo. Estas balas no se fragmentan ni explotan, son casi imposibles de fabricar artesanalmente y no se pueden rellenar de mercurio o explosivos. Están diseñadas para expandirse al impacto (aumentan su diámetro) y, consecuentemente, reducen considerablemente la posibilidad de una sobrepenetración. 

Esto tiene dos beneficios para el uso defensivo. Por un lado, al no traspasarlo, la bala le transfiere toda su energía al objetivo, con lo que el impacto es más fuerte y aumenta la posibilidad de inhabilitar al atacante con un mínimo de disparos. El objetivo de un arma defensiva es detener la agresión ilegítima que amenaza una vida y en eso la munición expansiva es más eficiente. Por otro lado, al no traspasar el objetivo, la bala no podrá dañar a alguien o a algo que no se pretende impactar con un disparo, lo que sucede frecuentemente con balas comunes. 

¿Las balas expansivas causan más daño? Probablemente, pero a un delincuente que busca causar lesiones o matar. ¿Arrancan brazos, destrozan entrañas y pulverizan huesos? Falso, son mitos sin base científica. ¿Son inhumanas? Yo creo que es más inhumano un criminal que no tiene el menor respeto por la vida de sus víctimas. ¿Es peligroso que municiones expansivas caigan en manos de la delincuencia? Sí, pero prohibir su uso civil no lo impedirá. 

En realidad, las balas expansivas son más seguras, reducen la cantidad de disparos requeridos para detener un ataque ilegítimo y minimizan los daños colaterales. 

Finalmente, no existe ningún tratado internacional que prohíba la munición expansiva para uso civil o policial. Basta de mitos.

Artículo en El Comercio, 17 de agosto de 2015


El uso de la fuerza letal

En los últimos años hemos observado el avance de la delincuencia, cada vez más despiadada, sádica y violenta. Hace una década aún se podía escuchar ladrones hablando del respeto al barrio, mujeres, niños y ancianos. Este código ya no existe, pues al parecer la vida de las víctimas no vale nada. Primero golpean, acuchillan o disparan, luego agarran el botín y se van caminando, como si nada hubiera pasado.

El factor principal para este incontrolable aumento de la criminalidad es la impunidad que ampara a los que la realizan. Los delincuentes conocen el sistema y saben cómo manipularlo, a quién pagar o amedrentar, y, aunque estén grabados cometiendo delitos, quedan en libertad, gracias a malos elementos de la policía, de la fiscalía o del Poder Judicial. El único responsable de este caos es el gobierno, que no ha sabido tomar las riendas de sus instituciones y así permite este escenario sombrío. 

Mientras el gobierno mira el techo, ¿qué puede hacer el ciudadano? Hay dos posibilidades: hacer nada (cuando lo asalten, levante usted las manos y ruegue que no lo maten o violen, y que solo se lleven sus pertenencias) o enfrentar la situación. Lo segundo empieza por tomar precauciones, como instalar alarmas, cámaras, cambiar rutas, estar atento (el Facebook lo puede usted revisar en casa), evitar zonas peligrosas, etc. Luego debe estar preparado para defenderse si las barreras iniciales son superadas. No existe seguridad infalible: por más precauciones que tome, siempre existirá la posibilidad que se encuentre cara a cara con un miserable. En ese momento, usted ya debe saber qué hará: o emplea la legítima defensa y pasa al ataque o se convierte en una víctima. Es su opción, no existe respuesta correcta o incorrecta.

Si se defiende con un arma de fuego, debe estar preparado, saber muy bien cómo usarla para que la agresión ilegítima sea detenida en forma rápida, eficaz, sin daño colateral, y que al final del trance quien se vaya caminando sea usted y no el delincuente.

Quienes optamos por la defensa armada, lo mínimo que esperamos, al vernos obligados a emplear la fuerza letal en el ejercicio de nuestro derecho constitucional a la legítima defensa, es que el Estado no nos acose después. Nosotros no provocamos esa situación.

Necesitamos fiscales que encarcelen a delincuentes y no a ciudadanos inocentes.

Necesitamos policías que no que sean cómplices de criminales.

Necesitamos jueces que protejan a ciudadanos y policías en vez de aceptar denuncias absurdas de familiares de delincuentes abatidos.

Necesitamos que los funcionarios respeten nuestros derechos en vez de compararnos con malditos capaces de degollarle a usted en una calle oscura y quitarle celular y billetera mientras se desangra.

Necesitamos que los funcionarios del Ministerio del Interior y de la Superintendencia Nacional de Control de Servicios de Seguridad, Armas, Municiones y Explosivos de Uso Civil (Sucamec) respeten las normas, como la Ley 30299, que nos concede el derecho a estar adecuadamente armados y entrenados, en vez de manipular groseramente sus términos, buscando cometer un legicidio en el reglamento.

Necesitamos un Estado que entienda que el problema no está en el ciudadano que se defiende, sino en los criminales y funcionarios corruptos que obtienen dinero sucio de esta anarquía.

¿Es tan difícil gobernar derecho?

Artículo en El Comercio, 29 de enero de 2015


Un paso adelante

La semana pasada, el Gobierno finalmente promulgó la esperada nueva ley de armas. Los ciudadanos que poseen legalmente armas en el Perú, luego de casi tres años de incertidumbre, parece que no salen de su asombro. No es fácil asimilar que una ley de este nivel sea una realidad. He escuchado a muchos amigos, incluso luego de que el Congreso de la República la aprobó, decir que el presidente Ollanta Humala no la iba a firmar, que la observarían e, incluso, que la estaban modificando extensamente (como si eso fuera posible legalmente), antes de pasarla a la firma.

Los motivos de tanta incredulidad son principalmente dos: 

El primero y más notorio: es una ley de una altísima calidad, coherente, inteligente, responsable. 

El segundo: es la imagen del actual gobierno, que hasta ahora se percibe como orientado al totalitarismo y de tendencia socialista, escenario que coincide en muchos otros países con una agresiva política de desarme civil. Honestamente, hace un par de años yo mismo pensaba que una ley así sería imposible durante este gobierno.

Una ventaja de la nueva ley es el esquema de tarjeta de propiedad por cada arma y una única licencia de uso, renovable cada tres años. Esto simplificará la pesada burocracia que a la fecha agobia a los usuarios.

Sin embargo, lo más importante de la nueva ley es la incorporación de lo que hemos venido exigiendo durante años: la obligatoriedad de educarse antes de acceder legalmente a un arma de fuego. En adelante, toda persona que desee poseer una licencia de uso de arma tendrá que pasar una capacitación con un temario teórico mínimo, y que necesariamente incluirá (hasta el cansancio) las normas básicas de seguridad y los usos correctos de un arma de fuego. También habrá una parte práctica, en la que se enseñarán (o reforzarán) técnicas de tiro: desenfunde, empuñe, alineación de miras, control de gatillo, etc. La capacitación concluirá con un examen escrito y uno práctico.

La educación como requisito para obtener un arma en nuestro país marca un hito y, quizá, su importancia no está siendo apreciada en toda su dimensión. Esta exigencia pone a la ley peruana por encima de muchas legislaciones de armas de la región latinoamericana (quizá todas), y la pone al nivel de leyes en sociedades más organizadas.

Además de sacudirse de los numerosos prejuicios que abundaban en las versiones anteriores, la nueva ley garantiza que, al menos, los usuarios reciban información mínima sobre los bienes que pretenden poseer. Cabe señalar que ninguna de las leyes anteriores obligaba ni sugería a los usuarios educarse sobre el correcto y seguro uso de sus armas.

Otra ventaja de la nueva ley es un mejor filtro. Existirá un registro de inhabilitados para obtener licencias, que incluirá a gente que purgó condena por delitos violentos o con antecedentes de violencia familiar, al margen de lo que aparezca en los certificados.

No existe norma que garantice que ninguna persona haga uso indebido de su arma, pero tener que educarse cada tres años fomentará que existan usuarios más responsables, informados y menos susceptibles a malos usos. Eso nos pone un paso adelante.

Artículo en El Comercio, 18 de diciembre de 2014


En buenas manos

El jueves 11, casi pasó desapercibida la aprobación de una ley muy importante en nuestro desprestigiado Congreso: en el Perú ya tenemos una nueva ley de armas de fuego de uso civil. Y la norma aprobada es en verdad muy vanguardista, la que estamos seguros de que marcará una pauta en la región, y que se puede convertir potencialmente en un modelo a seguir en otros países, que desafortunadamente, aún tienen legislaciones de armas anacrónicas y que no reflejan las realidades de cada lugar.

Esta ley tiene, entre las innovaciones más importantes, un nuevo esquema de tarjeta de propiedad por cada arma, documento que no es necesario renovar periódicamente (salvo que la propiedad cambie), y una licencia de uso, que se renovará cada tres años y que tendrá como requisito recibir previamente una capacitación en el uso correcto y responsable de un arma de fuego. Esta incluirá normas básicas de seguridad, consecuencias legales, qué se puede y qué no se debe hacer con un arma de fuego. Finalmente la educación es ahora un requisito para tener un arma de fuego legal en el Perú.

Asimismo, le concede un mejor control a la Superintendencia Nacional de Control de Servicios de Seguridad, Armas, Municiones y Explosivos de Uso Civil (Sucamec) para que su fiscalización sea más efectiva. La norma, además, se ha sacudido las numerosas restricciones referidas a calibres, tipos de armas, accesorios y tipos de municiones que plagaban las versiones anteriores, las que en muchas oportunidades hemos denunciado que se trataba de restricciones antitécnicas y que no tenían ningún sustento lógico, excepto quizá de muchos prejuicios absurdos.

Este audaz cambio descongestionará las saturadas ventanillas de la Sucamec y liberará a sus funcionarios de la actual y excesiva carga burocrática para que puedan dedicarse a labores más productivas y eficientes, como mejorar el control del mercado de explosivos y ayudar a combatir los mercados ilegales de armas, municiones y pirotécnicos.

Aunque los usuarios de armas fuimos quienes inicialmente impulsamos los cambios y generamos una corriente de opinión, reclamando y protestando enérgicamente por las normas que se promulgaron a inicios de este gobierno y que estuvieron orientadas a restringir severamente el acceso a armas legales a los peruanos, esta nueva ley no sería una realidad si a la cabeza de la Sucamec no hubiera buenos funcionarios, que entendieron la problemática, tuvieron el buen criterio de escuchar a las partes interesadas, propiciaron el consenso y el diálogo, y finalmente gestionaron que el Ejecutivo envíe al Congreso la iniciativa legislativa. Ojalá en el Estado tuviéramos más funcionarios como ellos.

Esta nueva ley no significa que en el Perú proliferarán las armas y que nos agarraremos a balazos en las calles. Todo lo contrario: en adelante las armas estarán en manos de personas que sabrán manipularlas con respeto, que entrenan, que no tienen antecedentes de crimen y/o violencia, que son respetuosos de las normas. Es decir, usuarios responsables. Si alguien no está alineado con el perfil señalado, pues no podrá acceder a un arma, al menos no de forma legal. Esta nueva ley pondrá las armas en buenas manos.

Artículo en El Comercio, 7 de abril de 2014


El Circo Romano

El Ministro de Interior, Walter Albán, acaba de decirle al Perú que no puede con la delincuencia y “la culpa la tienen los gobiernos anteriores”. Al estilo Pilatos, se lava las manos y reta a quien crea poder hacerlo mejor, a sentarse a su lado. Conozco a varios que en su lugar tomarían medidas que les garantizo, nos pondrían en camino a la recuperación de nuestras calles y disminución de la delincuencia. Pero lamentablemente el Sr. Presidente no tiene las agallas para hacer su trabajo, y su señora esposa, quién manda en Palacio, no sabe cómo, pero se deja influenciar por gente que sabe aun menos que ella.

Aunque nuestro ministro pinta un panorama deprimente, resulta increíble que el gobierno siga empecinado en desarmar a la población civil, la que cumple (o solía cumplir) con las normas  establecidas, la que no delinque, al padre de familia, al trabajador que paga impuestos. No a las bandas criminales que el ministro sabe que existen.

Se sabe que la delincuencia está ganando terreno y sin embargo, los del gobierno no quieren civiles armados legalmente. Casi como en un circo romano, nos lanzan a la arena, apenas armados con piedras y palos, a los leones hambrientos. Y según el anteproyecto de Nueva Ley de Armas de Superintendencia Nacional Control de Servicios de Seguridad, Armas, Municiones y Explosivos de Uso Civil (Sucamec), tal vez ni eso, pues literalmente señala que “…todo material… que no esté expresamente autorizado, se encuentra prohibido…” (artículo 3, inciso a). Lo único rescatable de ese anteproyecto, es que adopta una sugerencia nuestra: la separación de propiedad y uso, incorporando la Tarjeta de Propiedad y la Licencia de Uso, pero el resto, es más de lo mismo, y peor.

Todos los altos funcionarios del gobierno, están protegidos por un séquito de guardaespaldas fuertemente armados, pagados por los ciudadanos que pretenden desarmar; la sensación de seguridad que deben percibir es envidiable, casi como la del emperador que observa desde su palco, cómo los feroces felinos engullen a los pobres cristianos desarmados.

Este gobierno ha elevado enormemente la valla de la legalidad para los usuarios de armas. Licencias con vigencia menor a un año, mayores requisitos, tasas 5 veces mayores, más trabas, más barreras, justificación para tener un arma (defender la vida no les basta), más restricciones, más prohibiciones. Desde hace unas semanas, a quienes no han renovado sus licencias (con estas absurdas nuevas condiciones), la Sucamec los está acosando con cartas, las que amparadas en una ley del año 2005 (tiempos en los que las licencias se tramitaban con una declaración jurada, de forma sencilla, rápida y más económica), comunican el inicio de “procesos administrativos sancionadores” que incluirán multas y decomisos. Me pregunto, a los líderes de bandas como “la gran familia”, los “destructores” o marcas, ¿les habrá llegado una carta comunicándoles sus procesos sancionadores? Ah verdad, a ellos este gobierno les tiene miedo.

El congresista Juan Carlos Eguren ha presentado al Parlamento un proyecto de nueva ley de armas coherente, lógico, bien asesorado. El congresista Renzo Reggiardo presentó otro proyecto que busca derogar las normas controversiales. Nosotros los apoyaremos con entusiasmo, pero esperamos gran resistencia del oficialismo. ¿Cuáles serán los argumentos para mantener su Colosseo?